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Gitanos: el pueblo arcoíris

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Tras cada palabra que pronuncian se esconde el orgullo de un pueblo milenario. Los gitanos son parte del mundo y el mundo es parte de su vida, así como sus tradiciones. Durante cientos de años han escrito la historia de un grupo humano indomable, nómada y sin fronteras.

Su poder radica en su contacto con lo universal. Hay gitanos en todo el mundo. Y se conectan a través de su lenguaje. Aquí y allá, en Europa o América, al hablar se conocen, al charlar se conectan y son una gran familia. Bogotá no ha sido extraña al mundo gitano o Rom. Durante muchos años han compartido sus vidas con los habitantes de la ciudad.

Nadie sabe con exactitud cuando llegaron al país. Algunos creen que lo hicieron con la llegada de Colón al Nuevo Mundo. Otros cuentan que llegaron a mediados del siglo XX producto del desplazamiento y la persecución a que fueron sometidos durante la Segunda Guerra Mundial.

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Sea como sea, los gitanos han estado presentes en la historia de Colombia. Aparecen retratados en libros de Gabriel García Márquez como ‘Cien Años de Soledad’: “Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua, ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría”.

El tiempo pasó y los gitanos fueron cambiando. Hace cerca de medio siglo las mujeres gitanas hacían presencia en las calles de la ciudad en grupos que iban de un lado a otro, ataviadas con sus largas faldas de colores y con muchos adornos, su largo cabello y sus intensas miradas. Leían la mano de aquellos que encontraban en su camino como forma de obtener recursos para vivir. Sin embargo, fueron estigmatizadas y por ello ya no salen como antes.

Los hombres, en su mayoría, se dedicaban a negociar. Algunos de ellos eran hábiles con las manos y trabajaban el metal para producir ollas y cacerolas en fincas y negocios a los que llegaban en sus largas travesías. Hoy poseen sus propias fábricas y en lugar de caballos se dedican a vender carros.

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Los gitanos modernos ya no viven en las carpas que solían armar en localidades como Puente Aranda o Kennedy. Ya no caminan por la calle leyendo la mano de los transeúntes. Ya no comercian con caballos. Pero siguen siendo gitanos. Ya no usan las largas faldas ni leen la mano. Pero siguen siendo gitanas. Han sido excluidos durante décadas como sus hermanos en otros países.

Hoy quieren vivir sus tradiciones y el orgullo de pertenecer a ese pueblo de “piel aceitada” que describió Gabo. Y por eso han ganado espacios en la política distrital. Sus hijos quieren hablar Romaní en los colegios sin ser perseguidos ni silenciados. Por eso reclaman un espacio para su cultura.

El Día Internacional del Pueblo Gitano se celebra el 8 de abril,  recordando aquel día de 1971 en Londres donde se instituyó la bandera y el himno de la Comunidad.

Hoy, en su día internacional, el Gobierno de Bogotá reconoce sus tradiciones, su lengua y su diversidad.

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Editor Web